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Vamos a sentir un poco más claro estos dos conceptos que habitualmente confundimos y nos creemos que estamos aceptando cuando, en realidad, nos estamos resignando y sufriendo por ello.

Dejamos claros los conceptos “aceptar es recibir voluntariamente lo que se le da. Aprobar, dar por bueno;” y resignarse es conformarse, someterse, entregar su voluntad, condescender, a partir de aquí ya somos conscientes que hay grandes diferencias.

En frases que utilizamos sin darnos cuenta como:

  • ¿qué le voy a hacer?
  • La vida siempre me pone la zancadilla.

Estamos hablando de resignación, como las cosas siempre van mal, pues seguimos igual, no vamos a hacer nada para cambiarlas, sin cuestionarnos nada más y seguimos aguantando y frustrándonos o amargándonos con cada nueva circunstancia de la vida y, de paso, y el más importante, seguimos eludiendo nuestra responsabilidad por miedos, o por esa frustración que llevamos tan arraigada y no somos capaces de dar un nuevo comienzo a nuestra vida que nos fortalezca y nos haga seguir el camino mucho más próspero.

Sin embargo, la aceptación es un proceso de sanación interior.

La aceptación profunda de lo que nos toca vivir, ya sea, enfermedad, duelo, fracaso, frustración…, debe llevarnos a un proceso de meditación profunda y razonar la situación que estamos viviendo para a través de su conocimiento comprender que podemos tomar varios caminos.

Hay cuatro pasos que nos llevan a la aceptación real del conflicto, debemos

Conocer – entender – comprender – aceptar

Cuando Aceptas la Vida, puedes empezar a realizar las acciones necesarias para cambiarlas.

“La aceptación es hacer las paces con la realidad” (Rafael Vidac)

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