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“Enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto” (Aristóteles). 

¿Qué difícil verdad? ¿Por qué es tan difícil gestionar nuestras emociones? Evolutivamente nuestro cerebro emocional es anterior a nuestro cerebro pensante, nuestras emociones son anteriores a nuestros pensamientos, así que es lógico que ante situaciones puntuales respondamos instintivamente con recursos emocionales adaptados a las necesidades del Pleistoceno. Como han sido diseñadas para sobrevivir, no deberíamos creer que nuestras emociones son buenas o malas, sino que debería ser más lógico pensar que son perjudiciales (ira, tristeza, asco) o útiles, pero vemos como en una sociedad agresiva desarrollamos estas emociones perjudiciales constantemente, y que debemos hacer un esfuerzo consciente para desarrollar las emociones placenteras. Aquí es donde interviene nuestro cerebro pensante, para darnos cuenta de que no nos afecta lo que nos sucede sino lo que nos decimos acerca de lo que nos sucede.

Desarrollar un PENSAMIENTO POSITIVO cada día es la clave de la salud emocional y mental, debemos trabajar esta actitud igual que cuidamos otros aspectos de nuestras vidas, hay que revisar el sistema de valores en la vida y cambiarlos en los puntos en que te están perjudicando, es decir debemos “desaprender” a la vez que aprendemos a construirnos toda una serie de mentalidades, por decirlo de alguna manera, favorables a nuestro mundo emocional.

¿Cómo reaccionarías tú ante una emoción como la ofensa?

Era un profesor comprometido y estricto, conocido también por sus alumnos como un hombre justo y comprensivo. Al terminar la clase, ese día de verano, mientras el profesor ordenaba unos documentos encima de su escritorio, se le acercó uno de sus alumnos y, en forma desafiante, le dijo: 

– Profesor, lo que me alegra de haber terminado la clase es que no tendré que escuchar más sus tonterías y podré descansar de verle esa cara aburrida. 

El alumno estaba erguido, con semblante arrogante, en espera de que el profesor reaccionara ofendido y descontrolado. El profesor miró al alumno por un instante y, en forma muy tranquila, le preguntó: 

– Cuando alguien te ofrece algo que no quieres, ¿lo recibes? 

– Por supuesto que no, -contestó, de nuevo en tono despectivo, el muchacho. 

El alumno quedó desconcertado por la calidez de la sorpresiva pregunta. 

– Bueno -prosiguió el profesor-, cuando alguien intenta ofenderme o me dice algo desagradable, me está ofreciendo algo, en este caso una emoción de rabia y rencor, que puedo decidir no aceptar. 

– No entiendo a que se refiere -dijo el alumno, confundido. 

– Muy sencillo -replicó el profesor-; tú me estás ofreciendo rabia y desprecio, y si yo me siento ofendido o me pongo furioso, estaré aceptando tu regalo; y yo, mi amigo, en verdad prefiero obsequiarme mi propia serenidad. Muchacho -concluyó el profesor en tono gentil-, tu rabia pasará, pero no trates de dejarla conmigo, porque no me interesa; yo no puedo controlar lo que tú llevas en tu corazón, pero de mi depende lo que yo cargue en el mío.

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